12 octubre, 2009

Elogio del error



¿A qué propuesta respondería “Sí” sin pensárselo dos veces?
- A volver a la inocencia. Antes del primer error.
CHANTAL MAILLARD




Pasaron años
y huellas se adentraron en la arena
desde el primer error.
Me enamoré del equivocarse,
del preámbulo del darse cuenta.

¿Acaso no debí subir las escaleras del patio a trompicones
ni hacer equilibrios en una bicicleta del sur?
¿No debí permitir que se besaran
nuestras bocas de cinco años
durante un largo minuto y medio
cronometrado por los chicos de la escuela?
¿No debí guardar secretos?

Me equivoqué, me equivoqué,
y en el suelo me di de bruces
contra el beso inoportuno.
Desde entonces el error
posee para mí el sabor y la consistencia
de la espuma oxidada y suave
que mezcla la sangre y la saliva.

Vinieron muchos después, pero
¿cuál será el siguiente, el golpe?
¿será la salvación, el definitivo,
el porvenir del error?
¿Equivocarse es acercar lo que se es,
tal vez alejar lo que se ama?

Escribo y me confundo.
Permanezco en el lugar desacertado.
Me equivoqué, me equivoqué,
invoco las proporciones de la herida,
escupo las variantes del desliz.
Me equivoqué, me equivoqué,
el error y su hueso intransferible
me mira ahora también enamorado.

Rozo con la boca la daga imprescindible
del primer error, su beso frío,
su dolor premeditado y sucio,
su aprendizaje, su matemática irreal.
¿Me equivoqué? ¿Me equivoqué?

En todo error hay una vida inevitable.

09 septiembre, 2009

Ha salido mi libro "El cuerpo a su imán"






EDICIONES AMARGORD
tiene el placer de invitarle a la presentación
de la colección de poesía
“FRAGMENTARIA”
que dirige Luis Luna
con los seis primeros títulos

Casa de Aire, de Francisco Cenamor,
Apuntes para un génesis, de Ana Martín Puigpelat,
El cuerpo a su imán, de Sonia Betancort,
A la vendimia en Portugal, de Agustín Calvo Galán,
Pequeñas conversaciones, de Rafael Saravia
y La habitación del extranjero, de Oscar Aguado.


martes, 15 de septiembre/20:00h. Sala Triángulo Zurita, 20 Lavapiés (Madrid)

WWW.EDICIONESAMARGORD.COM

17 agosto, 2009

La playa de piedra






La Plaza Mayor de Salamanca fue
construida entre 1724 y 1755.
Se necesitó un mar de piedra dorada
para su terminación.




La Plaza Mayor es una inmensa playa de piedra. Miles de gotas y granos de arena solidificados proponen su asombro discursivo, se acoplan en la superficie, sobresalen en la incertidumbre de su porosidad.
Aves paralizadas cruzan la antorcha de ese mar petrificado, se mueven con lentitud, como si les pesara el cuerpo. Vuelan en fragmentos discontinuos y posan su eternidad en el color amarillo de los leopardos. Ellas son prueba de que en todo paisaje de roca se improvisa un tiempo detenido. Aquí no hay Libro de las Mutaciones. Heráclito revienta en mil pedazos y cae, como un león herido, en el centro del rectángulo empedrado.
Una voz de 1724 dibuja un plano y propone un horizonte. El horizonte de la playa de piedra. Todo horizonte ha de alzarse primero en un mapa. El mapa amanece pegado a un huevo en equilibrio, invocando el más allá en el más aquí, la historia del descubrimiento en el presente. La voz se diluye, como mordida por la belleza de su eco, retorcida por su páramo, asustada por su criatura. De la muerte de la voz pétrea surge la playa, su beso duro, su extensión ígnea, su reloj sedimentario.
En la playa de piedra la superficie permanece atada a su fondo mineral. El que la observa entra en una cueva, llevado por el juego de la espeleología. Platón concierta aquí sus vanidades, cruza la costa dorada en un camión de mercancías. Cientos de soportales encienden su termómetro rocoso. Es la hora de los refrigerios fríos y del chocolate caliente. La hora en que la playa de piedra dulcifica su aire con escarpadas sombrillas al sol. La hora en que proyecta un barco compacto, la navegación de una trayectoria inquebrantable. Entonces, no importa qué hay más allá de aquí. La playa invita a adentrarse. A aniquilar el afuera. Desorillarse. Regresar a la oruga, al paraíso de la cavidad.
La Plaza Mayor es un océano inmóvil medido entre dos acantilados de cielo. La Plaza Mayor escupe un oleaje concéntrico, marcado por el ritmo de un caballo de fuego sólido. La Plaza Mayor es mi playa de piedra. En la que nada es lo que se ve. Yo deambulo por su corteza como si esperara descubrir quién soy. Cuando baje la marea.


Plaza Mayor de Salamanca, 17 de agosto de 2009

13 julio, 2009

Camino de rosas




Bajo el burlón mirar de las estrellas
que con indiferencia hoy me ven volver




El paisaje escupe sus dimensiones. La fotografía que retienen mis ojos cabe en un puño, su equilibrio se desprende con el peso de una manzana caliente, cae la incertidumbre del gran árbol flanqueado por las tentaciones. En un primer momento, lo que veo es lo que recibo de mí, lo que intuyo de un pasado que organiza las edades, los nombres, las siluetas venidas de mí. Luego mordisqueo, engullo y trago lentamente el espesor del verano, entonces me atraviesa el espejismo que hondea la realidad, ese cuerpo grueso, desarreglado, indiferente a mi llegada, maldito y compasivo, que me busca finamente en el sueño de volver.
Reencuentro, desvanecida, la imagen que despedí de mí, y sin embargo, regreso a lo que me no me abandona, a lo que se desliza menos, a lo que pertenezco. Porque el que regresa hace por pertenecer, por flotar cómodamente en la certidumbre de lo familiar, por estabilizar los límites y encauzar su reconocimiento. Por reconocer, sí, por recordar, reencontrar, descansar. Por volver a lo anterior sostenido por un pálpito nuevo, funambulista que reanuda el comienzo haciendo coincidir su pie con la forma exacta de una huella en el aire.
Porque en todo regreso hay quizás una vuelta a lo nuevo y a lo originario, a lo imposible de olvidar; y el que retorna, aprende a desembocar en un acto sagrado, en una devolución mágica del beso de los siglos. Porque el que regresa se desexilia, intercambia la envoltura de todas las palabras por un fondo profundísimo, que ayuda a fijar los bordes de su corporalidad.
Yo, que dejé aquella ciudad que el tiempo tiñe con el abismo de las mutaciones, vuelvo a la temporalidad de un pasado anterior a mí, arqueado por el peso de sus catedrales, infranqueables animales amarillos que desbordan el cielo tragándose el espacio. En la que regresa no hay nadie, una minúscula fuente que desintegra su especie en el juego de un puñado de niños con misteriosos ojos españoles. En la que regresa, hay, en un pequeño instante de perpetuidad, la coincidencia de todos los paisajes conocidos y de todas las estancias desconocidas, dejando a su paso una estela infinita y despojada, riéndose en un desvencijado camino de rosas.

Salamanca, 12 de julio de 2009

31 mayo, 2009

PARAÍSO BUENOS AIRES





Engordada
por la silicona
en sus mejillas
envejece
mientras pasea
por el globo
inabarcable

abrochada
a la calle
un tránsito
ensordecedor
le lame
la cintura
mientras ella
vuelca su cuerpo
de mujer
en un tacón
azul
vuelca
su pobreza
en un broche
barato

Unta sus pestañas
con rimel
una y otra vez
se va quedando
flaquita
en esa oscuridad
con la que se ríe
de ella misma

su sexo de taxi
amarillo y negro
su media
de rejilla
la imponen
a la memoria
la convierten
en una tachadura
la infelicidad
que arde
la letra
de una milonga

El tiempo
le mintió
y ahora
da vueltas
sobre sus noches
de gacela

pero no importa
ella sabe
que la luz
no baja
jamás
de sus ojos tristes
Se va muriendo
el día
desde su cuello
hasta los tobillos
y ese brillante
infinito y suyo
sigue
intacto allí
donde la ven
los que se atreven
a mirar alto

se va
deshuesando
se pinta
de colores
la pollera
recuerda
su pasado
de inmigrantes
y llora
y su llanto
atenta
contra
falsos videntes
contra
economistas
de la intuición
contra
poetas
de superficie

ella hace
cielos
de parques
derruidos
nace
la creación
de sus piernas
sin depilar
de su reserva
de escombros
para cuando
haya menos
de qué quejarse

y se contonea

se contonea
y me enseña la lengua
a mí!
que vine
para amarla

se me acerca
y despacito al oído
me dice
que a pesar
de todo
la vida
está
de su parte.